El problema del significado lingüístico para el pragmatismo y el lenguaje distribuido

Presentación en el VII Coloquio de Lenguaje y Cognición

Universidad de Concepción

Abril 2017

Alfonso José Pizarro Ramírez (Mg en Filosofía, U.Chile)

alfonso.pizarro.r@gmail.com

I

El punto de mi exposición es que necesitamos una semántica adecuada para un tratamiento formal de aquello que, en principio no es formal ni se comporta de tal manera: la actividad lingüística acorde al pragmatismo y el lenguaje distribuido. Una semántica adecuada no será proposicional y servirá para representar una dimensión particular de la actividad lingüística en general, i.e., relacionarnos con objetos tales como en tanto que ‘palabras’, ‘oraciones’, etc. o, en otras palabras, con los objetos que decimos que son parte del lenguaje; la actividad lingüística general no se reduce a la particular representada ni mucho menos a su representación. En contraste con la semántica tradicional, en donde cada entrada léxica debe aportar un contenido unívoco de ser expresiva la oración, debemos admitir la polisemia y el contexto como algo constitutivo; la semántica ha de ser ecológica, relacionándose dinámicamente con el ambiente.

II

El significado lingüístico se diferencia del significado intencional para ‘distinguir (para hablar libremente) lo que nuestras palabras dicen o implican de lo que nosotros enunciando implicamos: una distinción aparentemente negada por Wittgenstein, y muy frecuentemente ignorada por Austin’ (H. P. Grice, 1986)⁠. En el enunciado de una oración significativa (es decir, que expresa una proposición), el significado lingüístico aporta lo que es identificado como lo que es dicho: la proposición literalmente enunciada. El enunciado de oración deriva su semántica de la oración que instancia y esta, a su vez, de su oración tipo. La oración tipo es inmediatamente expresiva de una proposición. Esta proposición a su vez suele ser una oración bien formada en el lenguaje del pensamiento.

enunciado de una oración

instancia de una oración tipo

oración expresiva de una proposición

oración en el lenguaje del pensamiento

Considérese los enunciados

  1. La nieve es blanca

  2. Snow is white

que son instancias de las oraciones ‘La nieve es blanca’ y ‘Snow is white’ respectivamente (las oraciones tipo siendo idénticas a las instancias). Ambas oraciones tipo, en lenguajes naturales distintos, son a su vez expresivas de una misma oración en el lenguaje del pensamiento; las diferencias del lenguaje natural se reconcilian en el lenguaje (sea del pensamiento o algún principio representacional abstracto).

III

Si las oraciones son las expresivas de significado, los enunciados son para expresarlo: las oraciones son del lenguaje y los enunciados de la comunicación. Por una parte, el objeto de estudio de la semántica y, por otra parte, el de la pragmática. A diferencia del lenguaje, la comunicación no puede ser formalizada ya que una instancia de enunciado puede expresar una cantidad indeterminada de oraciones, que es lo que se denomina pluralismo de los actos de habla (Cappelen & Lepore, 2005; Sbisà, 2013)⁠. El pluralismo de actos de habla es ‘la visión de acuerdo a la cual una instanciación de un enunciado puede realizar más de un acto de habla’ (Sbisà, 2013, p. 228)⁠, cuyo contenido ‘depende potencialmente de un rango indefinido de hechos sobre el hablante, su audiencia, su contexto compartido, el reportero (i.e., quien cuenta lo que fue dicho), la audiencia del reportero, y su contexto compartido’ (Cappelen & Lepore, 2005, p. 176); va explícitamente en la línea con la teoría de la acción de Davidson (1963)⁠, según la cual un mismo acto puede ser medio para una cantidad indeterminada de acciones.

Si el lenguaje corresponde con la semántica, la comunicacion lo hace con la pragmática. Es la distinción que Grice (1975)⁠ mantiene mediante lo que es dicho y lo que se quiere decir: lo primero es un asunto semántico, lo segundo, pragmático. En la comunicación rigen las reglas conversacionales, pero lo que es dicho no se fija siguiéndolas y está determinado por las reglas de composición. Las proposiciones son un asunto de la semántica, en cambio, cómo las comunicamos, de la pragmática. La frontera entre la semántica y la pragmática queda claramente establecida; en una parte queda el lenguaje, en la otra, la comunicación vía lenguajes naturales—lo primero se estudia como parte de nuestra vida mental y lo segundo, de la corporal.

Imagen tradicional del lenguaje y la comunicación

Lenguaje

Comunicación

Semántica

Pragmática

Oraciones de un lenguaje

Enunciados en lengajes naturales

Principio composicional

Principio de cooperación

Reglas de composición

Máximas de conversación

Proposiciones

Actos de habla

Significado lingüístico

Significado intencional

Vida mental

Vida corporal

IV

En la discusión respecto de la frontera entre la semántica y la pragmática se distinguen tradicionalmente tres posiciones por Cappelen y Lepore (2005)⁠ : minimalistas, contextualistas moderados y contextualistas radicales. Sus nombres se refieren a cuánta interferencia del contexto se requiere para poder fijar las condiciones de verdad de una oración; lo mínimo, lo menos posible, y siempre, respectivamente.

Minimalistas semánticos

Las oraciones significativas son expresivas sin depender del contexto. Cualquier intervención de éste está mandatado estrictamente por la estructura de la proposición; sólo el conjunto básico de deícticos de Kaplan se acepta. La semántica es composicional. Los procesos pragmáticos son innecesarios para la fijación de las condiciones de verdad.

Contextualistas moderados

La intervención del contexto va más allá del conjunto básico y se extiende a casos como los de sorité. El principio de composicionalidad se acepta y es el significado lingüístico quien indica el contexto. La semántica es composicional, pero suelen admitir proposiciones incompletas u oraciones no completamente significativas. Los procesos pragmáticos a veces son necesarios para la fijación de las condiciones de verdad.

Contextualistas radicales

El contexto siempre es necesario, por lo que siempre hay procesos pragmáticos involucrados en la fijación de las condiciones de verdad.

En esta última categoría conviven teóricos de la relevancia (Carston, 2002; Sperber & Wilson, 2001)⁠ con Searle (1978, 1980)⁠ para quien el significado literal sólo tiene aplicación acorde a suposiciones de trasfondo, y neo-wittgenstanianos como Travis (2001, 2006)⁠ quien considera que, finalmente, los asuntos de la semántica son pragmáticos (1997)⁠. Estos últimos caen dentro de lo que Récanati denominó eliminativismo del significado: en lugar del significado lingüístico mediando la obtención de las condiciones de verdad hay un ‘proceso singular de abstracción-modulación que toma como input usos previos de la expresión y otorga como output el sentido contextual asumido por la expresión en el uso actual’ (2004, p. 147). No hay codificación alguna. En cambio, los teóricos de la relevancia aún aceptan la codificación de conceptos (Sperber & Wilson, 1998)⁠ y siguiendo a Fodor (1983)⁠ ven la mente como ‘una variedad de sistemas especializados, cada uno con su propio método de representación y computación’ (Sperber & Wilson, 2001, p. 71)⁠. Carston es explícita en marcar la frontera, cuando afirma que para explicar la relación entre competencia lingüística (semántica) y competencia pragmática, habla de la representación semántica en el ‘punto de contacto entre la facultad del lenguaje y el módulo pragmático’ (Carston, 2002, p. 11)⁠.

V

Es necesario agregar otra categoría: respecto de la fijación de las condiciones de verdad se asume el contextualismo radical, pero no se acepta ningún elemento insensible y considera. En esta última los asuntos de la semántica son de la pragmática. Cualquier teoría semántica es parte de una teoría pragmática y cualquier teoría del significado deberá asumir que las palabras se usan como parte de juegos del lenguaje. El objeto de estudio, además del enunciado, es el acto de habla del cual es parte y la configuración de las circunstancias en que se da. Finalmente, se considera que las propiedades semánticas son emergentes por sobre las pragmáticas, es decir, el lenguaje emerge de la comunicación y no son separables. En este sentido, Cappelen & Lepore tienen razón cuando asocian el pluralismo de actos de habla como una objeción contextualista radical.

El significado lingüístico debemos identificarlo en un lado distinto en vez de sólo como un medio para una entrada léxica unívoca. Si usamos la estructura de los actos de habla acorde a Austin (1975)⁠, en el mismo acto de habla se pueden distinguir, mas no separar, el acto rético, del fático y del fónico. El acto rético se compone de remas constituidas por femas. Femas son las palabras constitutivas que poseen ‘algún grado de sentido y significado’ y comprende el vocabulario. Estas, según las reglas de uso gramaticales, están constituidas por ruidos asociadas arbitrariamente a significados, i.e., fonos. En otras palabras, el acto de enunciar una oración significativa se nombra como acto rético, el cual está constituido por femas. Estas palabras, a su vez, son ruidos que pertenecen o están en relación con cierto vocabulario en cierta construcción lingüística. La utilización de los ruidos según las reglas de uso gramaticales constituyen las palabras. El significado lingüístico vinculado a proposiciones sólo aparece luego de una serie de estructuras se hacen evidentes según la acción que esté realizando la persona y dependiente de las circunstancias; en determinados juegos del lenguaje, y no en un vacío metafísico, es que hablamos de ‘palabras’, ‘oraciones’, e incluso ‘significado’ y ‘proposiciones’. El desafío consiste en cómo hacer frente al significado lingüístico y no desentenderse apuntando a la naturaleza indeterminada, en constante flujo, de la actividad lingüística; el problema que se presenta es el de proveer formalismo para lenguajes no formales (Moravcsik, 1999)⁠.

A diferencia del contextualismo radical, una posición pragmatista agrega el rechazo a la insensibilidad del contexto; el objeto de estudio siempre será interdependiente y estará situado en determinadas circunstancias. Una arquitectura cognitiva adecuada al menos no será individualista ni representacionalista para serla base de la relación entre el lenguaje y la comunicación como se entiende por el pragmatismo, acorde a las distinciones realizadas previamente. En otras palabras, se requiere de una arquitectura cognitiva alternativa. Sin embargo, acá encontramos posiciones radicales respecto de la cognición que son conservadoras respecto del lenguaje. Enactivistas como Hutto & Myin (2013)⁠ afirman que la cognición básica es corporizada y definida en términos de interacciones sensomotoras integradas contextualmente, pero que la composicionalidad explica la adquisición de actitudes proposicionales, puesto que, en palabras de Hutto: ‘sólo las oraciones tienen las propiedades sintácticas y semánticas correctas (…) y son el medio requerido para el pensamiento y para hablar verdades’ (Hutto, 2008, p. 87)

VI

Los lingüistas integracionistas rechazan la aproximación tradicional al lenguaje como modelos basado en reglas; lo que hace lenguaje a un enunciado, es como integra las actividades humanas, es decir, ‘lo que hace a la comunicación entre un humano y otro, posible’ (Harris & Wolf, 1998, pp. 1–2). Roy Harris (1981) desarrolló la idea del mito del lenguaje. Este mito estaría presente en las ciencias del lenguaje hace siglos, e incluye desde la idea de que los humanos poseemos mecanismos biológicos e internos que producen aquello que llamamos lenguaje, como también la idea de que hay algo así como un lenguaje objeto. El mito al que se refiere lo sintetiza de manera general del siguiente modo:

Los individuos son capaces de intercambiar sus pensamientos mediante las palabras porque—y en tanto—llegan a entender y adherir a un plan público fijado para hacerlo. El plan está basado en la instanciación recurrente de objetos invariantes pertenecientes a un conjunto de todos los miembros de la comunidad. Estos objetos son las ‘oraciones’ del lenguaje de la comunidad. Son objetos invariantes en dos respectos: forma y significado. Conocer las formas de las oraciones les permite a aquellos que saben el lenguaje expresar apropiadamente los pensamientos que quieren comunicar. Conocer los significados de las oraciones les permite a aquellos que saben el lenguaje identificar los pensamientos expresados de tal modo. Siendo invariantes, las oraciones están libres de contexto, y son prueba en contra de caprichos de hablantes, oyentes y circunstancias cambiantes, y son más bien una moneda del reino que es válida sin considerar la honestidad o deshonestidad de las transacciones individuales. (Harris, 2002, p. 2)

Este mito forma parte de uno más general que denominó mito de la comunicación y lo describe como que

Ciertas formas de comunicación involucran un proceso de transmisión de mensajes. Los individuos son capaces de enviar y/o interpretar mensajes en el momento en que entienden y siguen los procedimientos relevantes de transmisión (públicos o privados, voluntarios o involuntarios, natural o artificial). Esto está basado en la instanciación recurrente de ciertos objetos invariantes. Estos objetos son ‘signos’. Son invariantes en dos respectos: forma y significado. Conocer la forma y el significado de un signo lo capacita a uno para identificar y expresar el mensaje que comunica. (Harris, 2002, pp. 6–7)⁠

Por otra parte, una de las maneras que explicaría cómo emerge el mito del lenguaje es lo que Per Linell (2005)⁠ denominó el sesgo del lenguaje escrito. El lenguaje escrito vendría siendo la manera en que es tratado todo el lenguaje. Esto por razones políticas y culturales que escapan a la temática de este trabajo, sin embargo, basta decir que lo determinante fue la propagación de “modos específicos de relacionarse con los textos y el lenguaje que dominaron los primeros periodos en la historia de la lingüística” (Linell, 2005, p. 47)⁠ De este modo se afianza un modo de tratar a todas las formas que pueda tomar el lenguaje como si tuviese las características del escrito, el cual

consta de trazas de actividades de escritura. Existe como un artefacto simbólico, que no está corporizado por sus usuarios, la gente comunicadora. El lenguaje escrito está descorporizado respecto al agente humano. Al mismo tiempo, debe, por supuesto, estar inscrito en alguna base material, tal como un pedazo de papel o una pantalla de computador (Linell, 2005, p. 31)⁠.

Una semántica como es propuesta tradicionalmente sólo ocurre como ficción o descripción de nuestras actividades comunicativas. Lo que describen tales formalizaciones son a su vez descripciones de patrones recurrentes que han sido reificados con el tiempo. El problema no es sólo la estrechez formalista, es principalmente un sesgo respecto del lenguaje escrito que históricamente se ha mantenido por diversas circunstancias sociopolíticas.

VII

Una historia cognitiva adecuada para una posición pragmatista debiese, entonces, respetar principios coherentes con la radicalidad de la concepción respectiva del lenguaje, compatible con lo que Cowley (2016)⁠ denominó ‘una nueva idea del lenguaje’ a propósito del trabajo de Nigel Love (2004, 2007)⁠. A continuación, 5 principios que considero derivados de una posición pragmatista:

  1. Sin sesgo escritural. El lenguaje ha de ser entendido como una actividad sin distinción entre hechos lingüísticos y no-lingüísticos, en donde lo central es el tratamiento de la temporalidad. La contextualización que provee la sucesión del tiempo asegura que ‘todos los actos lingüísticos se integran en la experiencia de los individuos como eventos novedosos’ (Harris, 1981, p. 155)⁠. Esto no va en desmedro de reconocer o realizar instancias de expresiones en diferentes ocasiones. Más bien quiere decir que esta habilidad no provee ‘un criterio de demarcación entre lo lingüístico y lo no-lingüístico, ni tampoco implica que lo que sea que digamos pueda ser descontextualizable.’ (157)

  2. De carácter público en todo sentido. La actividad no ha de apelar a ningún principio interno, ya sean representaciones, estados mentales, y todo lo que pudiera hacer ver la comunicación como algo milagroso o telemental (Harris, 2002)⁠ .

  3. Sensible al contexto, situado, y dependiente de las circunstancias en las que ocurre la actividad. De carácter performativo y como actividad situada (Austin, 1975)⁠

  4. Debe describir la estabilidad en el uso a través del tiempo, susceptible de ser formalizada, que nos permite hablar de cosas tales como ‘significados convencionales’ y da la ilusión de que existieran ‘por sí mismos’.

  5. Ecológico, en tanto que las categorías son dependientes de nuestras interacciones con el ambiente (Moravcsik, 1994)⁠

Además de estos 5 puntos, ha de ser capaz de responder a las siguientes preguntas propuestas por Harris (2002)⁠ , y de dar cuenta de nuestra capacidad de encontrar orden en la heterogeneidad de elementos de la percepción.

i. ¿Cómo es posible la recuperación de formas lingüísticas de la masa heterogénea deseñales fonéticas presentes en el habla actual?

Que en una versión generalizada podría ser

i.g De la masa heterogénea de factores del ambiente, cómo recuperamos cualquier cosa que pudiera ser considerada como lingüística

ii. Cómo es posible identificar significados lingüísticos estables de entre el aparentevariado e inconsistente uso que la conducta verbal representa en el presente?

Estas exigencias por separado bien pueden ser compatibles con apuestas tradicionales en ciencias cognitivas o en filosofía del lenguaje. Además, puede ser que haya apuestas alternativas que, respondiendo exitosamente a los desafíos, sean ellas mismas incompatibles entre sí. Esto, más que ser un problema, podría ser considerado como una ventaja: que sea teóricamente neutral una afirmación la hace más dependiente en su aceptación de su coherencia con el resto de las creencias—con la perspectiva de investigación asumida—que es lo que se busca realizar con las visiones radicales sobre la cognición y el lenguaje.

VIII

La cognición distribuida plantea que los recursos cognitivos son compartidos socialmente con la finalidad de extender las capacidades cognitivas del individuo o para realizar algo que sería imposible sólo con sus capacidades innatas. En el caso de los humanos, objetos y procesos en general, constreñimientos de todo tipo, se afectan mutuamente, es decir, son completamente interdependientes. Desde este punto de vista, el énfasis por encontrar y describir ‘estructuras de conocimiento al interior del individuo, nos hace perder de vista que la cognición humana está siempre situada en un complejo sociocultural y no puede no estar afectada’ (Hutchins, 1995, p. 13). Desde estas premisas, surge una visión radicalizada del lenguaje que integra la concepción de Love y las críticas a la tradición de Harris y Linell. Esta perspectiva fue denominada lenguaje distribuido.

La visión tradicional implica una ontología basada en una dimensión de similitud que es universal y contextualmente neutral. Esto es debido a que los teóricos persisten en reificar una necesidad de identificación de unidades lingüísticas en diferentes etapas de la modulación pragmática. Love (2004)⁠ ofrece una alternativa al proponer que el lenguaje emerge por la interacción interdependiente de dos órdenes. El lenguaje de primer orden consta de ‘un proceso contextualmente determinado de investir conducta o a los productos de la conducta (vocal, gesticulación, u otro) con significación semiótica’ o lenguaje público que da lugar a la cognición de segundo orden que consiste en ‘un “conjunto de poderosas habilidades”, que involucran auto-evaluación, auto-criticismo y respuestas finamente pulidas’ (533). Tratar al lenguaje como una cosa externa y por sí misma, equivale a reducirlo a patrones de segundo orden. En contra de esto, Love argumenta que usar un lenguaje es un ‘asunto de imbuir creativamente [con significado] ciertos fenómenos’, lo que nos permite ‘operar de manera relevante en el mundo de acuerdo con las exigencias de un flujo incesante de situaciones comunicativas de tiempo real que son únicas’ (532). Desde este punto de vista, el segundo orden es visto como un complemento de la biología y que extiende nuestra ecología (Cowley, 2011, p. 205)⁠. El lenguaje es ecológico, siempre está vinculado a su contexto. Por eso, una modificación en el contexto puede generar una cantidad indeterminada de variaciones en la semántica. El lenguaje es una actividad situada y no una herramienta externa. Es imposible, en principio, aprehender el lenguaje como si fuese un objeto externo. No asumir esto último sería como pretender escuchar la escucha, ver la visión, etc. No es posible tratar al lenguaje como si fuese un objeto del lenguaje mismo. En la discusión en filosofía del lenguaje, tanto minimalistas como contextualistas radicales, habrían estado trabajando sobre la base del lenguaje como lenguaje escrito. El lenguaje al ser visto como actividad y no como objeto exige una modificación radical de nuestra manera de tratar los problemas asociados al lenguaje; el modo tradicional, de servir, es sólo útil entendida como una parte de un todo más complejo. Por ejemplo, Cowley en Taking a Language Stance (2011)⁠ se refiere a cómo llegamos a relacionarnos con lo que denominamos ‘contenido proposicional’ mediante tomar una postura del lenguaje. Esta postura consiste en tratar el habla como si consistiera de patrones verbales, constituido por cosas como ‘palabras’, ‘oraciones’, etc., y tomarla es como aprender a ver imágenes: ‘en tanto escuchamos palabreos (o vemos imágenes), adoptamos nuevos roles sociales. Además, aprender a hacer distintas cosas, transformamos nuestros poderes perceptuales (Cowley, 2011, p. 187)⁠ . El lenguaje ya está integrado con la percepción, la actividad y las sensaciones: ‘el palabreo emerge en la vinculación de patrones verbales con la experiencia vivida’ (Cowley, 2011, p. 187)⁠ . Mientras que el lenguaje de primer orden es acción, el de segundo orden es un constructo social, dentro del cual aprendemos a tomar esta posición que nos sirve, entre otras cosas ‘para predecir lo que la gente hará, pensará, y sentirá (…) vincula la experiencia de coordinación corporizada con el palabreo que es escuchado, al mismo tiempo que la gente, en conjunto, usan los constreñimientos de una tradición cultural’ (Cowley, 2011, p. 188)⁠ . Del mismo modo que los contextualistas radicales, el significado lingüístico es contextualizado y situado, es ‘producto de interacciones entre recursos de distintos tipos, por ejemplo, por unaparte, el potencial de significado de objetos lingüísticos y representaciones sociales de dominios tópicos y, por otra parte, varias dimensiones del contexto’. (Linell, 2009, p. 58)⁠.

XIX

Por diversas razones históricas, el paradigma de la actividad lingüística (o lenguajeo) llegó a ser (y sigue siendo) el lenguaje escrito como su representación. En sus diversas versiones—como pensamiento o como medio de expresión del pensamiento—esta metáfora (o sesgo) significa poner pies para arriba nuestra fenomenología: el flujo dinámico de la interacción y coordinación de actividad en un ambiente pasa a ser secundario respecto de la serie de fenómenos que distinguimos allí. Gracias a nuestra capacidad de investimiento semiótico en el ambiente, y los diversos mecanismos de herencia cultural existentes (en especial, el denominado ‘efecto trinquete’ (Tomasello, 2008)⁠), logramos extender y aumentar nuestros poderes cognitivos llegando a coordinar nuestra actividad a través del espacio y tiempo. Esto último, si no fuese por las particulares habilidades de cognición social evolucionadas en nuestra especie, no sería posible. Sin embargo, dado los compromisos radicales asumidos hasta ahora, no queda espacio para una teoría de la mente, como mecanismo explicativo de la cognición social y el proceso de enculturamiento. Finalmente, como asunto inmediato a resolver, si consideramos al significado lingüístico ligado a nuestra fenomenología e historia de interacciones con el medioambiente, plantea la cuestión de cómo nos relacionamos materialmente (Malafouris, 2013)⁠ con estos trazos que dejamos en el ambiente, dejando nuestra huella e indicaciones materiales para coordinar nuestra acción. De otro modo, el significado lingüístico continuará siendo un problema irritante y síntoma de una ontología lingüística que no ha sabido llegar a cuentas con nuestra experiencia humana vivida.


Referencias

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