Fetichización y lenguaje. Marx, Wittgenstein y semántica.

Como el dinero, en cuanto concepto existente y activo del valor, confunde y cambia todas las cosas, es la confusión y el trueque universal de todo, es decir, el mundo invertido, la confusión y el trueque de todas las cualidades naturales y humanas. (Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844 §XLI Marx)

Y esto es verdad.—En vez de indicar algo que sea común a todo lo que llamamos lenguaje, digo que no hay nada en absoluto común a estos fenómenos por lo cual empleamos la misma palabra para todos —sino que están emparentados entre sí de muchas maneras diferentes. Y a causa de este parentesco, o de estos parentescos, los llamamos a todos «lenguaje» (Investigaciones Filosóficas §65 Wittgenstein)

Wittgenstein utiliza una analogía entre el ajedrez y el uso de las expresiones lingüísticas. No son las cualidades materiales de la pieza lo que hace posible que la individuemos como peón o rey. Por ejemplo, no es relevante si la pieza está hecha de barro u oro, si está frente a nosotros constituido por moléculas o pixeles en una pantalla; lo que hace que una pieza sea tal es el conjunto posible de movidas a realizar. Si no movemos la pieza como estipulan las reglas del ajedrez, entonces estamos jugando otro juego. De este modo, ese peón en frente tenga el poder eliminar del tablero al rey, sino que es por poder hacer ese movimiento (dentro de un conjunto de posibles movidas) lo que hace posible identificarlo como peón.

Fetichizar algo es investir un objeto con poderes que este no tiene por sí mismo. En el caso del fetiche de la mercancía, Marx nos dirá que posee esos poderes en cierto sentido, pero no como se cree. Sí. Tiene valor de cambio, sólo que no en sí mismo. Más bien lo “tiene gracias al proceso de intercambio y el proceso de trabajo material. Y sin embargo parecieran ser inherentes a éstas” (Cohen, G.A. KMTH 116). Ese es el demonio que ha poseído a la mercancía (Marx, K. El Capital 87): tenemos algo en frente con poderes atribuidos, pero cuando lo observamos no nos encontramos con algo corpóreo. A diferencia de la “relación física entre cosas físicas” (88), como el impacto de fotones en nuestra retina, “la relación de valor entre los productos del trabajo en que dicha forma se representa, no tienen absolutamente nada que ver con la naturaleza física de los mismos ni con las relaciones, propias de cosas, que se derivan de tal naturaleza” (88-89).

En el primer capítulo de El Capital, Marx comienza a desentrañar aquello que primero se nos aparece en la realidad social: la mercancía. Esta se nos aparece con un valor determinado que es el que cancelamos al comprar. Este valor posee un doble aspecto: el de cambio y el de uso. Que peón nos cueste 10 pesos chilenos es con el que intercambiamos, está contingentemente relacionado con que ese peón posea determinadas propiedades materiales, que son el motivo por el cual nos interesa adquirirlo. Dependiendo de nuestro interés, es decir, qué tipo de actividad realizar con un determinado objeto, iremos a por una determinada mercancía al mercado. Es decir, si para nosotros no representa utilidad alguna un determinado objeto, difícilmente tomaremos en cuenta su valor de cambio. Del mismo modo, si es que una determinada comunidad no ve utilidad alguna en determinada mercancía, pretender entrar al mercado local con la misma es una empresa fallida. De allí la insistencia de Marx en mantener aquella distinción entre que toda riqueza sea creada por el trabajo y que el trabajo crea valor de cambio: “El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre.” (Marx, K. Crítica al Programa de Gotha §I). Esto último desvía del tema, sin embargo cabe notar que la propiedad social del valor de cambio emerge de la naturaleza; si el valor de cambio siempre es social, y la sociedad emerge por la interacción entre individuos humanos de carne y hueso, entonces el valor de cambio emerge de la naturaleza (una de sus fuerzas: la fuerza de trabajo).

Volviendo sobre el tema, el valor de cambio no es algo que encontremos allí en la naturaleza, sino que aparece una vez que intercambiamos. Es decir, cuando podemos decir de aquel objeto que, como una de sus “posibles movidas” sería intercambiarlo por dinero. Cuando el poseedor de la mercancía dinero la intercambia por cualquier otra mercancía, entonces está comprando. Cuando el poseedor de cualquier mercancía la intercambia por dinero, entonces está vendiendo (cabe destacar el hecho de que la mercancía dinero sea mercancía, quiere decir que se puede intercambiar por dinero, v.g. 670 CLP = 1 USD). Para el caso de la mercancía peón, no es que ese peón tenga determinado valor de cambio (el de 10 pesos chilenos). Ocurre que dado el interés nuestro por tener un peón, queriendo que tenga tales y cuales propiedades, necesitamos intercambiar la mercancía dinero por una determinada mercancía peón. Es decir, en el mercado si bien se conjugan intereses individuales, aquello a lo que se accede y las propias lógicas que lo rigen, son inherentemente sociales: así como no es posible hablar de un lenguaje privado, no tiene sentido hablar de un mercado privado (o no social). No hay valor de cambio en la naturaleza, no hay posibilidad de generar equivalencia, no hay posibilidad de intercambiar objetos que no pueden ser comparados entre sí sólo por su cantidad. No hay un piso común sobre el cual interactuar. Si es sólo mediante el intercambio que aparece el valor de cambio, entonces sólo socialmente es posible valorizar cosas. El resto, si no es voluntad de Dios, sólo queda que sean los poderes del diablo (habrá que ver qué tienen de común estos dos).

Lo que resulta interesante es como se hace posible la abstracción de darle un dígito a un objeto. Así es como sólo en el mundo social, al intercambiar mercancías, es posible luego llegar a digitalizar el valor atribuido a una determinada mercancía. Considerar, además, que se ha llegado hasta aquí a partir de la analogía con el juego de ajedrez utilizado por Wittgenstein. ¿Qué es lo análogo? Pues el lenguaje. De este modo, si es que mediante los constituyentes de una proferencia somos capaces muchas veces de obtener contenido proposicional (‘lo que es dicho’), no es porque sea cualitativamente distinto de ‘lo que es comunicado’, simplemente es el modo más utilizado. ¡Hasta hay registros de este para facilitar aún más usar determinadas palabras para comunicar determinados pensamientos! Inversión semántica, fetichización semántica, lo que sea: pero creer que las condiciones de verdad puedan ser fijadas sin ser parte de un determinado uso siempre en contextos específicos dentro de los cuales se hace posible el lenguaje, es vivir un mundo en donde cada libro es un libro de conjuros. ¡Serán brujos los semanticistas!


p1 Valor de uso, propiedades objetivas de la mercancía

p2 Valor de cambio, movidas posibles en el mercado de la mercancía representada en número

p3 Dinero, mercancía privilegiada que hace de pivote para mesurar las movidas posibles

c1 El dinero hace de pivote para mesurar las movidas posibles en el mercado

p4 La vida social se organiza por el mercado

c2 (c1*p4) El dinero mide mis movidas posibles en la vida social (el poder del dinero)

p5 A más dinero, más movidas posibles (y viceversa).

p6 Identidad personal son las movidas realizadas y posibles en la vida social

c3 (c2*p5) A más dinero, más movidas posibles dentro de la vida social

c4 (c3*p6) A más dinero, más amplia la identidad personal

… etc.

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