El laberinto de la pequeña política

“La pequeña política comprende las cuestiones parciales y cotidianas que se plantean en el interior de una estructura ya establecida, debido a las luchas de preeminencia entre las diversas fracciones de una misma clase política. (…) Es propio de diletantes [aficionados], en cambio, plantear la cuestión de una manera tal que cada elemento de pequeña política deba necesariamente convertirse en problema de gran política, de reorganización radical del Estado. Gramsci

La distinción pequeña/gran política desde el criterio de necesidad me parece iluminador. No se trata de la renuncia en principio a disputar espacios burocráticos, se trata de un asunto de perspectiva. Es decir, qué consideración (y desde donde) se da a la disputa de tales espacios. Considerar necesario, de suyo, la disputa es lo ‘aficionado’: si se entra a los pasillos no es para hacer intriga, es para socavar sus murallas y derrumbarlas. Y es cierto, es necesaria la disputa del Estado y sus razones, pero desde lo abstracto no se puede obtener la necesidad de una determinada maniobra, sólo la consideración real de las fuerzas puestas en juego: ¿quiénes? ¿con quiénes? ¿por quiénes y para quiénes?

Volvamos al asunto de la perspectiva: desde la que nos interesa, el Estado es considerado como resultado de una correlación de fuerzas (clases dominantes vs. clases subalternas). No es un simple aparato abstracto de dominación. Por otra parte, como dijera Marx en una carta, el Estado se encarga de instalar sus razones por doquier en la sociedad y estas no son sino las determinadas por su carácter de clase. Una de las razones para los dominados es hacer pasar por asuntos de la gran política aquellos de la pequeña. Desde desempeorar reformas neoliberales hasta enfocarse en ocupar todos los espacios como “disputables”. ¿En qué consiste esto? Así como la pequeña política es la intriga de los pasillos, estos bien toman la forma de laberintos para las clases populares: haciendo que objetivamente se parcelen sus intereses, desagrega sus demandas, los hace enfrascarse en disputas internas, los relega a ser sumados o marginarse a una autoafirmación identitaria (con mucho abajismo, muchas banderas, mucho lienzos, colectivo, etc.) Historia bien conocida.

Siguiendo con la analogía, quizá muchos dirán que están dispuestos a asaltar los pasillos y ocuparlos, pero ¿cuántos se quedarán atrapados en la intriga? ¿cuántos considerarán que es necesario ir antes a todos los pasillos para luego abrir las puertas al resto? Porque esa es la tragedia del laberinto de estos pasillo. Ahora el minotauro no necesita pasearse amenazador, se formó en política y retórica, probablemente también leyó harto a Laclau, y le basta con provocar que se enfrasquen en la intriga para que ya no deseen salir nunca más de allí.

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