¡Qué la dignidad se haga costumbre!

No puedo sino sentirme vitalmente vinculado con la movilización de los profesores actualmente. Las condiciones en las que el Estado mantiene a los trabajadores de la educación y que ha sido profundizada por los gobiernos de las últimas décadas es deshumanizante. Lo que tienen que pasar durante su vida requiere no sólo de vocación profesional, sino que de una vitalidad imposible.

Pongo el caso de mi madre, profesora de educación básica. Ella proviene de familia no universitaria, que contra viento y marea pudo hacer que las 4 hijas y el hijo pudieran salir adelante. Madre de Martina y yo. Ella tiene un retraso mental y cuyos gastos monetarios sólo son superados por el gasto emocional de sacar adelante una vida con alguien con un nivel de dependencia absoluto. Especialmente en un Estado que ha abandonado a tod-s menos al empresariado. Habiendo dedicado casi que toda su vida profesional hasta ahora en trabajar en la educación pública en escuelas de escasos recursos, si no fuera por ingresos provenientes de otra parte (el padre, que es ingeniero de la UTFSM) ni pensar a lo que los juegos del hambre que es esta sociedad del mercado nos hubiera condenado.

Padre cuya única función paternal en realidad fue la de inyectar recursos, porque realmente no cumplió ninguna otra función más en ninguna dimensión. Es decir, en este patriarcado en donde el Estado es subsidiario, el rol que se le permite y fomenta al hombre muchas veces es a repetir las razones que tiene el Estado para con la sociedad: actuar de subsidiario ante las carencias que la empresa individual no ha suplido. De hecho, el carácter subsidiario era tan patente, que una vez divorciados su ausencia en realidad ni se sintió: la única vez que se sintió fue cuando empezó a recortar la inyección de recursos a esta “microsociedad” que sería la familia…. siguiendo la analogía, quizá porque el tipo de pacto que mediaba la relación había cambiado: ya no había matrimonio mediante.

Durante años la veía llegar a la casa luego del trabajo a continuar el laburo revisando pruebas. La veía atochada y escondida detrás de pilas de papeles, que de vez en cuando eran los documentos de evaluación a los profesores. A pesar de todo siempre cumplió cabalmente (y podría decirse: universalmente) en todas las maneras posibles la crianza de Martina y yo. El día de hoy ella tiene dos trabajos: encargada de educación en un hogar de madres adolescentes de alto riesgo social y profesora de algunos cursos en un colegio municipal. ¿El padre? Allí, inyectando recursos: subsidiando la vida. ¿Los gobiernos? Restringiendo el salario, profundizando el sistema mercantil, obligando a l-s trabajadores de la educación a una vitalidad imposible: subsidiando la vida.

Como la clase obrera no es como los niñitos rojinegros gustan de alardear en las asambleas universitarias, ganas de salir a destrozar el Estado y el capital no le nacieron. Más bien en su interior sólo generó un desencanto por “los políticos y la política”, puesto que ella sólo veía que, mientras abajo nos descrestábamos (aunque nunca fue transparente para mí hasta más adelante), allá arriba de lo mejor hacían y deshacían sin preguntarle a nadie. Sin ser una conocedora de la historia de la política en Chile, siempre le gustó Allende y lo que fue la UP. No obstante su desencanto, se identificó tibiamente con la izquierda durante décadas y encontraba cierta virtud en la empresa Concertacionista: por lo mismo se profundiza su desencanto al pasar las décadas.

La alzada de las movilizaciones el 2011, si bien miradas con recelo, la llevaron a involucrarse más en los asuntos de la política, al punto que hoy en día me ha contado entusiasmada como es que se ha estado sumando en lo posible a las movilizaciones de los profesores (según lo que el cuidado de mi hermana y su segundo trabajo le permiten). Consternada por las burocracias comunistas que están dispuestos a tranzar ante los gobiernos que han profundizado este modelo, que durante años los ha visto acomodados en sus puestos gremiales haciendo de escudo izquierdo, pero motivada ante la posibilidad de que el movimiento de profesores renueve su organización ante la alzada de movilizaciones.

Por eso (y mucho más que no está contado acá), es que la lucha social es por la recuperación de la soberanía de nuestras vidas. Lucha social que emerge de quienes han mostrado tener una vitalidad imposible, que sin duda es el germen de otro mundo posible. Ese es el germen de la revolución realmente, no la acumulación de rabia y las ganas de salir a destruir, sino que la capacidad de hacerse cargo lenta y tediosamente de la construcción de un mundo nuevo. Capacidad sin la cual ninguna revolución es posible.

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