Ulises y los límites de la astucia

La Odisea es fuente de muchas analogías y consejos de sabiduría, y el regreso de Ulises a Ítaca también tiene un aspecto de viaje interno. De acá es de donde salen el famoso “cantos de sirenas” y el no tanto “entre Caribdis y Escila”. Ulises quien “triunfa gracias a su astucia y su paciencia habla muy bien y miente muy bien cuando es oportuno, y su empresa no es en extremo imposible”. El último héroe antiguo y el primero de los modernos, decía Horkheimer. Uno de sus epítetos era polytropos Odysseús o “Ulises el de las muchas vueltas o muchos trucos”. En circunstancias normales, el viaje de Troya a Ítaca suponía sólo unos cuántos días en un barco mediano… sin embargo a Ulises le tomó diez años. Y es justamente su astucia la que, cuando se convertía en hybris (soberbia), le jugaba en contra.

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Atrapado entre una roca y un lugar difícil. Escila devorando a seis hombres de Ulises. Fresco italiano del año 1560

No es nada novedoso decir que una de las formas de explicar las deidades griegas tiene que ver con aquellas fuerzas incontrolables de las cuales como humanos nada podíamos hacer para controlar. Para nosotros, arbitrarias e irracionales a ratos. Sin importar si se fuese una persona virtuosa, siempre es posible que cosas malas le ocurran a personas buenas. De ahí, en parte, la potencia de la tragedia (que eran un evento en donde todos asistían).
Aristóteles en la Poética cuenta como la finalidad de la tragedia, la catarsis, busca hacer surgir sentimientos de pena y compasión al observar a un protagonista, a un mortal como nosotros, que recibe infortunios no por depravación o por el vicio, sino que por algún error de juicio o fragilidad humana que terminan cometiendo actos de soberbia (hybris) frente a los dioses. Para los griegos, esto último siempre desataba nefastas consecuencias para quien la cometía. Por ejemplo, a Ícaro se le queman las alas y Lucifer, al ser expulsado, termina siendo Satán. La astucia de Ulises lo salvó de hartos problemas y, cuando se convertía en soberbia las consecuencias no se esperaban.

El mar es una de aquellas fuerzas de la naturaleza incontrolable e irracional, Hasta el capitán más hábil con su timón sólo controla el barco, no las mareas. Su deificación principal es Poseidón, quien por diversas razones tenía riña con Ulises. En una de sus paradas de regreso a Ítaca, quedó atrapado en una isla por Polifemo, uno de los hijos de Poseidón. Ulises le dice que su nombre es “Ninguno”, de este modo cuando le entierra un madero en el ojo (único ojo), Polifemo le responde al resto de los cíclopes

‘¡Oh queridos! No es fuerza. Ninguno me mata por dolo.’

Ya pudiéndose escapar en la barca, Ulises continúa provocando al Cíclope y de hecho sus hombres le decían que dejara de provocarlo, ya que podría terminar por reconocer su voz e identificarlo. Así y todo, Ulises en un acto de soberbia se jacta de su victoria vociferando

‘¡Oh cíclope! Si alguno tal vez de los hombres mortales te pregunta quién fue el que causó tu horrorosa ceguera, le contestas que Ulises, aquel destructor de ciudades que nació de Laertes y en Ítaca tiene sus casas.’

Acto seguido, lanza un peñascazo que, Poseidón mediante, cae detrás de su embarcación retrasando aún más su llegada a Ítaca. Su astucia nada puede en contra de las fuerzas de las mareas: se navegan, no se controlan.

En un momento posterior a esta escena, Ulises consulta a la diosa Circe, quien le traza una ruta y le aconseja. Lo primero que encontrará en ruta

será a las Sirenas, que a los hombres hechizan venidos allá. Quien incauto se les llega y escucha su voz, nunca más de regreso el país de sus padres verá (…) Con su aguda canción las Sirenas lo atraen y le dejan para siempre en sus prados; la playa está llena de huesos y de cuerpos marchitos con piel agostada

Le aconseja a Ulises que si quiere escuchar su canto, entonces deberá ponerle cera en los oídos a todos sus hombres pero le dice

sólo tú lo podrás escuchar si así quieres, mas antes han de atarte de manos y pies en la nave ligera. Que te fijen erguido con cuerdas al palo: en tal guisa gozarás cuando dejen oír su canción las Sirenas. Y si imploras por caso a los tuyos o mandas te suelten, te atarán cada vez con más lazos. Al cabo tus hombres lograrán rebasar con la nave la playa en que viven esas magas

Básicamente, para poder superar el canto de las sirenas, aunque el más astuto quiera escucharlo, sólo la acción colectiva y disciplinada le permite pasar tal desafío. De ese modo, hizo como la diosa le decía. Las Sirenas le cantaban

Llega acá, de los dánaos honor, gloriosísimo Ulises, de tu marcha refrena el ardor para oír nuestro canto, porque nadie en su negro bajel pasa aquí sin que atienda a esta voz que en dulzores de miel de los labios nos fluye. Quien la escucha contento se va conociendo mil cosas…

y Ulises mandó a sus hombres a soltar las ataduras, sin embargo sus fieles amigos le lanzaron más cuerdas y forzaron aún más las ataduras.

Luego de esto venía otro dilema para Ulises: debía de escoger entre Escila y Caribdis. El primero es un monstruo de

doce patas, mas todas pequeñas, deformes, y son seis sus larguísimos cuellos y horribles cabezas

La segunda

ingiere las aguas oscuras…y, si ésta te coge en el paso, ni el que bate la tierra librarte podrá de la muerte

La recomendación de Circe

Es mejor que te pegues al pie de la roca de Escila y aceleres la nave al pasar. Más te vale con mucho perder sólo seis hombres que hundirte tú mismo con todos

Ulises insistió, creyendo que podría escapar de Caribdis y defenderse de Escila, a lo que Circe es tajante y le responde ”

‘¡Obstinado! Tú siempre pensando en esfuerzos guerreros y proezas. No cedes siquiera ante dioses eternos, que no es ella mortal, antes bien, una plaga sin muerte, un azote tremendo, agobiante, feroz e invencible, y no hay fuerza capaz contra él…

y así, cuando esquivaban a Caribdis y pasaban cerca de Escila, se olvida del consejo de Circe y revistió su armadura completa y con dos picas empuñadas montó en el castillo de proa.

Mirábamos sólo a Caribdis temiendo la ruina y Escila, entretanto, raptónos seis hombres que arrancó del bajel, los mejores en fuerza y en brazos. Yo, volviendo la vista a la rápida nave y mi gente, alcancé a contemplar por encima de mí el remolino de sus manos y pies que colgaban al aire… Devorólos Escila en las bocas del antro y chillando me alargaban los brazos aún en su horrible agonía: nunca tuve a mis ojos tan triste visión entre todas cuantas he padecido en el mar descubriendo sus rutas

En esta ocasión, a pesar de no escuchar el consejo, al menos hizo caso de ni ir directamente contra él ni volver para intentar acabar con el monstruo, evitando así perder nuevamente a seis de sus hombres.

La astucia tiene sus límite y hay fuerzas externas a nosotros de las cuáles sólo podremos tener la impresión de estar controlando o capeando por el lado mediante atajos, pretendiendo ser más de lo que se es…  a veces lo único posible es asumir costos que son sentidos colectivamente, pues la soberbia tiene sus consecuencias y son mucho más terribles.

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