Más allá del McMindfulness

Por Ron Purser y David Loy (2013)*

De repente, la meditación de la atención plena [mindfulness] se ha vuelto popular abriéndose camino en escuelas, empresas, prisiones, y agencias gubernamentales, incluyendo al ejército de EE.UU. Millones de personas están recibiendo beneficios tangibles de su práctica de atención plena: meno estrés, mejor concentración, quizá un poco más de empatía. No es necesario decirlo, esto es un desarrollo importante a ser bienvenido—pero tiene una sombra.

La revolución de la atención plena pareciera ofrecer una panacea universal para resolver casi todas las áreas de preocupación diaria. Libros recientes en el tema incluyen: Mindful Parenting [crianza], Mindful Eating [alimentación], Mindful Teaching [docencia], Mindful Politics [política], Mindful Therapy [terapia], Mindful Leadership [liderazgo], A Mindful Nation [nación], Mindful Recovery [recuperación], The Power of Mindful Learning [el poder del aprendizaje consciente], The Mindful Brain [cerebro], The Mindful Way through Depression [salir de la depression], The Mindful Path to Self-Compassion [camino a la autocompasión]. Casi todos los días la prensa cita estudios científicos que reportan los numerosos beneficios a la salud de la meditación de atención plena y de cómo una práctica tan simple puede tener efectos neurológicos en el cerebro.

El boom de popularidad del movimiento de atención plena también se ha convertido en una industria artesanal lucrativa. Consultores expertos de negociosos impulsan el entrenamiento de atención plena prometiendo que mejorará la eficiencia del trabajo, reducirá el ausentismo, y mejorará las ‘habilidades blandas’ que son cruciales para el éxito de la carrera profesional. Algunos incluso afirman que el entrenamiento en atención plena puede actuar como una ‘tecnología disruptiva’, reformando incluso a las empresas más disfuncionales en organizaciones más amables, compasivas y sustentables. Hasta ahora, sin embargo, no hay estudios empíricos que apoyen estas afirmaciones.

En sus esfuerzos de branding, quienes proponen el entrenamiento de atención plena usualmente introducen sus programas como siendo ‘de inspiración budista’. Hay un cierto caché y onda en decirle a los neófitos que la atención plena es un legado budista—una tradición famosa por sus métodos de meditación ancestrales y probados hace tiempo. Pero, a veces bajo el mismo aliento, los consultores suelen asegurar a sus auspiciadores empresariales que su particular marca de atención plena ha cortado con todas las ataduras y afiliaciones de sus orígenes budistas.

Desligar la atención plena de su contexto ético y religioso budista es entendible como una movida oportuna para hacer que tal entrenamiento sea un producto viable en el mercado abierto. Pero la prisa por secularizar y mercantilizar la atención plena en una técnica mercadeable puede que esté llevando a una lamentable desnaturalización de esta práctica ancestral, la cual está hecha con intenciones que van mucho más allá que aliviar un dolor de cabeza, reducir la presión sanguínea, o ayudar a los ejecutivos a estar más concentrados y ser más productivos.

Mientras que una técnica despojada y secularizada—lo que algunos críticos ahora están llamando ‘McMindfulnes’—puede ser más sabroso para el mundo empresarial, descontextualizar la atención plena de su propósitos liberadores y transformadores como de su fundamento en una ética social, equivale a una negociación faustiana. En vez de aplicar la atención plena como un medio para despertar a individuos y organizaciones de las perniciosas raíces de la codicia, animosidad y delirio, es usualmente reformada en una técnica banal y terapéutica de autoayuda que, de hecho, puede reforzar aquellas raíces.

La mayoría de los reportes científicos y populares circulando en los medios han caracterizado a la atención plena en términos de reducción de estrés y mejoramiento de la atención. Aquellos beneficios al desempeño humano son proclamados como el sine qua non de la atención plena y como su mayor atractivo para las empresas modernas. Pero la atención plena, como es entendida y practicada en la tradición budista, no es meramente una técnica éticamente neutral para la reducción del estrés y mejoramiento de la concentración. Más bien, la atención plena es una cualidad evidente de la atención que depende y es influenciada por muchos otros factores: la naturaleza de nuestros pensamientos, el habla y acciones; nuestro modo de ganarnos la vida; y nuestros efectos por evitar el comportamiento pernicioso y poco hábil, al mismo tiempo que desarrollamos aquellos que son conducentes a la acción sabia, a la armonía social, y a la compasión.

Es por esto que los budistas distinguen entre la Correcta Atención Plena (samma sati) y la Incorrecta Atención Plena (miccha sati). La distinción no es moralizante: el asunto es si es que la cualidad de consciencia se caracteriza por tener intenciones beneficiosas y cualidades mentales positivas que conduzcan al florecimiento humano y al bienestar óptimo tanto para otros como para uno mismo.

De acuerdo al canon pali (las enseñanzas de Buddha más viejas registradas), incluso una persona cometiendo un crimen premeditado y abominable puede estar ejerciendo atención plena, aunque atención plena incorrecta. Claramente, la concentración con atención plena y la concentración unidireccional de un terrorista, un asesino francotirador, o un criminal de cuello blanco no son la misma cualidad que la atención plena del Dalai Lama u otros adeptos budistas que la hayan desarrollado. La atención plena correcta está guiada por intenciones y motivaciones basadas en el autocontrol, estados mentales beneficiosos, y comportamiento ético—metas que incluyen, pero que sustituyen a reducción del estrés y a las mejoras en la concentración.

Otra idea equivocada es que la meditación de atención plena es un asunto privado e interno. La atención plena es usualmente comercializada como un método para la autorrealización personal, una suspensión de los desafíos y tribulaciones de la despiadada vida empresarial. Tal orientación individualista y orientada al consumo de la práctica de la atención plena puede que sea efectiva para la autopreservación y progreso propio, pero es esencialmente impotente para mitigar las causas de la aflicción colectiva y organizacional.

Cuando la práctica de la atención plena se compartimenta de este modo, la interconexión de los motivos personales se pierde. Hay una disociación entre la transformación personal de uno y el tipo de transformación social y organizacional que toma en cuenta las causas y condiciones del ambiente más amplio. Tal colonización de la atención plena también tiene un efecto instrumentalizador, reorientando la práctica a las necesidades del mercado en vez de a una reflexión crítica de las causas del sufrimiento colectivo, o dukkha social.

El Buddha enfatizó que su enseñanza era sobre la comprensión y terminación de dukkha (‘sufrimiento’ en el sentido más amplio). Entonces ¿qué pasa con el dukkha causado por los modos en que las instituciones operan?

Muchos partidarios del empresariado argumentan que los cambios transformativos comienzan con uno mismo: si la mente de uno puede volverse más concentrada y pacífica, entonces la transformación social y organizacional naturalmente fluirá. Pero el problema con esta formulación es que hoy las tres motivaciones perniciosas que el budismo destaca—codicia, animosidad, y engaño—ya no están restringidas únicamente a las mentes individuales, sino que se han institucionalizado en fuerzas más allá del control personal.

Hasta ahora, el movimiento de atención plena ha evitado cualquier consideración seria de por qué el estrés es tan penetrante en las instituciones de negocios moderna. En vez de eso, las empresas han saltado al carril de la atención plena porque convenientemente cambia el peso de la prueba al empleado individual: el estrés se enmarca como un problema personal, y la atención plena se ofrece como la medicina correcta para ayudar a los empleados a trabajar más eficientemente y con más calma dentro de ambientes tóxicos. Encubierto en un aura de preocupación y humanidad, la atención plena ha sido transformada en una válvula de seguridad, como un modo de dejar salir el vapor—una técnica para sobrellevar y adaptarse al estrés y tensiones de la vida empresarial.

El resultado es una versión atomizada y altamente privatizada de la práctica de atención plena, la cual es fácilmente cooptada y confinada a lo que Jeremy Carrette y Richard King, en su libro Selling Spiritality: The silent Takeover of Religion, han descrito como orientación ‘acomodacionista’. El entrenamiento de atención plena tiene un atractivo amplio porque se ha vuelto un método ondero para subyugar el malestar de los empleados, promoviendo una aceptación tácita del status quo, y como una herramienta instrumental para mantener la atención focalizada en las metas institucionales.

En muchos sentidos, el entrenamiento empresarial de la atención plena—con su promesa de que empleados más calmados y menos estresados serán más productivos—tiene un parecido de familia cercano a los ya desacreditados movimientos de ‘relaciones humanas’ y sensibilidad que fueron populares en los 50s y 60s. Estos programas de entrenamiento fueron criticados por un uso manipulador de técnicas de apoyo, tales como ‘escucha activa’, desarrolladas como medios para pacificar a los empleados mediante hacerlos sentir que sus preocupaciones estaban siendo escuchadas mientras que las condiciones existentes en el lugar de trabajo no cambiaban. Estos métodos llegaron a ser referidos como ‘psicología de vaca’, porque las vacas dóciles y contentas dan más leche.

Bikkhu Bodhi, un monje occidental franco, ha advertido: ‘estando ausente una crítica social aguda, las prácticas budistas fácilmente pueden ser usadas para justificar y estabilizar el statu quo, volviéndose un refuerzo para el capitalismo de consumo’. Desafortunadamente, una visión más ética y socialmente responsable de la atención plena es vista ahora por muchos practicantes como una preocupación tangencial, o como una politización innecesaria del viaje personal de uno mismo a la autotransformación.

Uno esperaría que el movimiento de atención plena no seguirá la trayectoria usual de las modas empresariales—entusiasmo desenfrenado, aceptación acrítica del statu quo, y eventual desilusión. Para volverse una fuerza genuina de transformación positiva personal y social, debe recuperar un marco ético y aspirar a propósitos más elevados que tomen en consideración el bienestar de todos los seres vivos.

*Libremente traducido por mí. Originalmente publicado en Huffington Post http://www.huffingtonpost.com/ron-purser/beyond-mcmindfulness_b_3519289.html

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